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Tiempo Ordinario
Leccionario: 603
Esto dice la esposa: "En mi lecho, por las noches, a mi amado yo buscaba. Lo busqué, pero fue un vano. Me levantaré. Por las plazas y barrios de la ciudad buscaré al amor de mi alma.
Lo busqué, pero fue en vano. Y me encontraron los guardias de la ciudad, y les dije: '¿Qué no vieron a aquel que ama mi alma?' Y apenas se fueron, encontré al amor de mi alma".
Hermanos: El amor de Cristo nos apremia, al pensar que si uno murió por todos, todos murieron. Cristo murió por todos para que los que viven ya no vivan para sí mismos, sino para aquel que murió y resucitó por ellos.
Por eso nosotros ya no juzgamos a nadie con criterios humanos. Si alguna vez hemos juzgado a Cristo con tales criterios, ahora ya no lo hacemos. El que vive según Cristo es una creatura nueva; para él todo lo viejo ha pasado. Ya todo es nuevo.
R. (2b) Señor, mi alma tiene sed de ti.
Señor, tú eres mi Dios, a ti te busco;
de ti sedienta está mi alma.
Señor, todo mi ser te añora,
como el suelo reseco añora el agua.
R. Señor, mi alma tiene sed de ti.
Para admirar tu gloria y tu poder,
anhelo contemplarte en el santuario.
Pues mejor es tu amor que la existencia;
siempre, Señor, te alabarán mis labios.
R. Señor, mi alma tiene sed de ti.
Podré así bendecirte mientras viva
y levantar en oración mis manos.
De lo mejor se saciará mi alma;
te alabaré con júbilo en los labios.
R. Señor, mi alma tiene sed de ti.
Fuiste mi auxilio
y a tu sombra, canté lleno de gozo.
A ti se adhiere mi alma
y tu diestra me da seguro apoyo.
R. Señor, mi alma tiene sed de ti.
R. Aleluya, aleluya.
¿Qué has visto de camino,
María, en la mañana?
A mi Señor glorioso,
la tumba abandonada.
R. Aleluya.
El primer día después del sábado, estando todavía oscuro, fue María Magdalena al sepulcro y vio removida la piedra que lo cerraba. Echó a correr, llegó a la casa donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: "Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto".
María se había quedado llorando junto al sepulcro de Jesús. Sin dejar de llorar, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados en el lugar donde había estado el cuerpo de Jesús, uno en la cabecera y el otro junto a los pies. Los ángeles le preguntaron: "¿Por qué estás llorando, mujer?" Ella les contestó: "Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo habrán puesto".
Dicho esto, miró hacia atrás y vio a Jesús de pie, pero no sabía que era Jesús. Entonces él le dijo: "Mujer, ¿por qué estás llorando? ¿A quién buscas?" Ella, creyendo que era el jardinero, le respondió: "Señor, si tú te lo llevaste, dime dónde lo has puesto". Jesús le dijo: "¡María!" Ella se volvió y exclamó: "¡Rabbuní!", que en hebreo significa 'maestro'. Jesús le dijo: "Déjame ya, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: 'Subo a mi Padre y su Padre, a mi Dios y su Dios' ".
María Magdalena se fue a ver a los discípulos para decirles que había visto al Señor y para darles su mensaje.
Lectionary for Mass for Use in the Dioceses of the United States, second typical edition, Copyright © 2001, 1998, 1997, 1986, 1970 Confraternity of Christian Doctrine; Psalm refrain © 1968, 1981, 1997, International Committee on English in the Liturgy, Inc. All rights reserved. Neither this work nor any part of it may be reproduced, distributed, performed or displayed in any medium, including electronic or digital, without permission in writing from the copyright owner. Via USCCB
Las lecturas de hoy giran en torno a una misma experiencia: la sed de Dios y la búsqueda del Amado. La esposa del Cantar lo busca de noche, el salmista tiene sed en tierra reseca, y María Magdalena corre, llora, pregunta, hasta que es llamada por su nombre. Dios parece decirte hoy: “No tengas miedo de tu búsqueda, ni de tus lágrimas; yo vengo a tu encuentro en medio de ellas”. Y cuando lo reconoces, como María, tu dolor se transforma en misión: pasas de llorar ante el sepulcro a anunciar: “He visto al Señor”.
María no se queda en casa paralizada por la tristeza: va al sepulcro, corre, pregunta, insiste. Su amor es más fuerte que su confusión. En tu vida moderna, quizá algo parecido: después de una ruptura, un fracaso en el trabajo o una pérdida, podrías encerrarte… o seguir “yendo al jardín” en oración, aunque sea sin sentir nada. Es allí, en esa fidelidad herida, donde Jesús suele pronunciar tu nombre de un modo nuevo y te confía un encargo concreto para otros.
- Reserva hoy 10 minutos en silencio (sin celular) para decirle al Señor: “¿A quién busco realmente?” y escucha qué se mueve en tu corazón.
- Escribe el nombre de una persona a quien Dios te esté enviando ahora, como a María, y haz un gesto concreto: llamada, mensaje, visita.
- Lee despacio el Evangelio de hoy y subraya las palabras que más te toquen; conviértelas en una breve oración propia.
1. ¿En qué momentos recientes te has sentido como María, llorando “fuera del sepulcro”?
2. ¿Qué decisión concreta estás evitando por miedo, aunque en el fondo sabes que te acercaría más a Jesús?
3. ¿Quién necesita hoy que tú vayas y le digas, con tu vida o tus palabras: “He visto al Señor”?
4. ¿Reconoces las formas en que Jesús te llama por tu nombre, o sigues confundiéndolo con “el jardinero”? ¿Por qué?
5. Esta semana, ¿qué pequeño paso darás para buscar a Jesús con más perseverancia en medio de tu oscuridad?
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